¿De qué?
¿Ves las estrellas?
No, ¿por qué?
Yo tampoco. ¿Se habrán ido?
Quizás ya no les importamos,
quizás nunca les importamos
Puede que las nubes quieran ver
un poquito de nuestra existencia
y las estrellas son tan generosas
que no les van a negar el privilegio
¿No se habrán cansado de que las ignoremos?
Hablarás por tí, yo nunca las he olvidado
Quizás nos observan siempre.
Pero callan, y lloran la suerte que curte nuestros cimientos.
¿Por qué han de balancearse inmutables?
Callan porque a veces el silencio
es el mensaje más significativo que podemos tener.
La abrumada vertiginosidad del sonido que nos rodea
nos llevó a devaluar la riqueza del silencio,
ellas nos recuerdan eso tan precioso
Pero nos abandonan.
Y lo que es peor, nos abandonan a que las abandonemos.
¿Acaso son demonios que se mofan de nuestra inocente búsqueda?
¿o son los ángeles que procuran nuestro albedrío?
La ausencia no siempre significa abandono,
más bien significa espacio.
Espacio que es preciso para saber valorar
aquello que no tenemos pero anhelamos.
Más bien se hacen desear caprichosamente
durante los días más frios y desolados,
para que con un fervor insofocable
las persigamos durante la guardia más oscura de la noche
Nadie las persigue,
solo un puñado de almas que aún laten
No generalices cuando hablas de tu persona, yo aún lo hago
No hablo por mí,
hablo por los que se inmolan con la carne de los profetas.
Los que se acurrucan en un silencio cobarde
en lugar de asestar un golpe a la cotidiana presencia del hartazgo
y gritar: estoy vivo

