domingo, 2 de junio de 2013

Absentis Comminuit

Domingo 2 de Junio: Nada es casual

  
   La peluquería estaba bien iluminada, sobraba espacio, casi no habían testigos. Yo caminaba lentamente, buscando algo, presintiendo lo imposible pero esperado, hasta que vi al gato. En ese momento lo supe: él era el zahir que estaba buscando. Sólo para estar seguro, tomé mi espejo de bolsillo, un artilugio redondo y pequeño color plata de enorme utilidad para estas situaciones. Era una mera cuestión angular. Cuando la inclinación de ambos espejos fue la indicada, sucedió lo que la ironía llamaría inesperado: no había nada en mi visión, pero él, él seguía allí, sentado, omnipotente.
    Vacilar nunca es una opción cuando el deber es claro. Tomé al felino por el lomo y la panza, y pese a los gruñidos y los quejidos del animal, le implanté los santos símbolos que la Escuela me había enseñado con tanto sacrificio. Las cruces cubrieron su cuerpo, mientras oraba las consignas en latín, como se ha estipulado. El latín es un gran dador de mantras.
    Absentis comminuit
    Sabía que no estaba llegando tarde, pero la urgencia me arrastró hasta allí sin preguntar. La casa estaba más vacía que de costumbre, sólo esperaba una de las compañeras.
-¿Practicaste los upanishads? -Inquirí
-Sólo el primero
-No pude evitarlo, una vez que terminé el primero sucumbí ante el segundo
-Te urgía hacerlo, no es casual
-Nada es casual
    Los símbolos. Los símbolos no eran un mero trazo atiborrado de significaciones, sino un mapa; el trayecto que debíamos realizar. La ruta de vuelo programada. Eran los senderos seguros en ese limbo astral. Ese era el Entrenamiento.
    Absentis comminuit
    Todavía no comprendo como personé en ese desierto. Estaba dentro de los muros, pero todo los que mis sentidos percibían era polvo y viento. No había horizontes, no había suelo donde aferrar mis piernas, sólo polvo y viento. Y su voz. Su voz que no era voz, era un susurro insonoro, como un eco girando en el limbo astral, en mi mente, en lo todo conocido.
    Proferí insultos varios, él lo hizo aún más. Fue una batalla dialéctica con ese monstruo, una de las tantas que se aproximaban
    Absentis comminuit.
    Llegué a la Escuela sabiendo que había acaecido lo peor. Nadie me lo dijo, no hizo falta. Entre los pasillos se sentía aún la baba ectoplásmica que arrojan esos seres luego de sus ataques. El aire diáfano del recinto era ahora un cúmulo de augurios macabros y reminiscencias fétidas. Una vez en el aposento principal, comprendí todo.
    Vi el portal, abriéndose despiadadamente por entre la roca de los muros, profanando su santidad. Vi las garras y los dientes. Sentí el olor de la carne putrefacta y del azufre ígneo consumando la posesión del incienso que arde siempre en los pasillos. Sentí el vapor brotando de los poros de las bestias que se aproximaban al Maestro. Él sabía que no era el momento de la resistencia. Sabía que debía obedecer al plan.
    La abducción no tomó más tiempo que contarlo, pero el horror aún inundaba los corredores y las escaleras. Sabía que para eso fue el entrenamiento. Tomé los símbolos y abrí el portal


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